• DIECISÃIS

    Toda mujer dormida es un volcán,
    aunque también es una yegua blanca.
    Frente a mí, en la cuadriculada penumbra
    de esta madriguera,
    respira el cuerpo ensillado de una mujer dormida.
    La colchoneta insiste en navegar en círculos,
    en pálidos círculos de pezones caídos
    alrededor del cuerpo sin estribos de la mujer
    que sueña con un lago.
    La noche y su estatura peinan sus crines,
    y al ser peinadas saltan de una pared a otra,
    hasta domar las vértebras de la yegua
    que también es una mujer
    dormida y despeinada a la mitad de un lago.
    El volcán es sabio y brinca de una hoja a otra,
    desviando en su camino
    una peregrinación de escarabajos
    con devoción a prueba de erupciones.
    Toda mujer dormida es una cumbre
    donde faltan respiros,
    aunque también es una respuesta
    para todas las preguntas.
    La yegua despierta. Sabe que no estoy dormido.
    De un salto atraviesa la pared,
    dándole rienda suelta a la neblina.

  • HACIA TU VULVALUZ

    escribo sobre tu ojo
    en blanco
    ves lo que miran
    mis palabras
    como erección
    de bosque subterráneo
    irrumpe
    con sus cantos cifrados
    un álamo
    en el centro
    de tu alcoba
    pira bajo tu sombra
    sacude nidos
    aguanoche
    hormigas
    te abrazan sabiamente
    te penetra
    desvía su tronco
    hacia tu vulvaluz
    hachazo hendiendo
    la hendidura blanda
    dentada
    clorofílica
    o nudo irreanudable
    de vetas tetas vellos
    gritos verdes vergas
    ramas limbo lames
    gineceos
    jineteos
    sudas uñas
    gimes copas axilas
    llanto llano
    que es aire vaina fruto
    leña tallo
    maríntima corteza
    cortesana
    de frescos castaños
    muslos
    que aserrados
    se espigan
    por la calma humedad
    del sementerio:
    en un cerrar de ojos
    te ciegas
    me siegas
    y borras
    lo que escribo

  • DOMINGO

    Me gustan los animales domésticos
    De la casa de fieras de tu alma.
    Tristan Tzara

    Además de ratas, hay niños en el parque.
    Yo quisiera como ellos estar bajo la claridad
    y correr de un muslo a otro sin previo itinerario.
    Pero estoy como las ratas, a la sombra,
    y cuando muerdo
    una rebanada de jícama muerdo una pequeña
    mariposa blanca.
    Por mi pelaje fluye la sangre mineral del bosque.
    Los pájaros me ven y levantan el vuelo de un bostezo.
    En el agua podrida del estanque las nubes son los restos
    de algún incendio recientemente naufragado.
    El calor es azul, como el domingo,
    y una gran gota de sudor
    cruza mi vientre recordándome el beso
    de una joven muerta.
    A lo lejos, los nauseabundos muros de Mixcoac
    son azotados por el mar.
    Estoy tan solo, que cualquiera diría que estás conmigo.
    Pasa un avión tan cerca,
    que se lleva tus últimas palabras.
    Pero aún así la ciudad es un miserable Tragafuegos
    que impide el vuelo de la corolas amarillas.
    ¿En qué páramos estarás diseminando tus orgasmos?
    Me río de quienes pasean a sus amantes y a sus perros
    porque yo no tengo perro ni amante que me ladre.
    Sudo miles de gotas de calor.
    ¿Caminaré al anochecer sobre las aguas frescas?
    Husmeo entre los caños y me encuentro con una niña
    que ha pasado toda su vida a la intemperie.
    Busco en tu mirada perdida y me encuentro
    con un sueño
    que se insola bajo la protección de tu memoria.
    Más allá de la línea del horizonte, alguien le venda cráneo a la locura.
    La libélula escapa de mis labios y eso significa
    que ha llegado el momento de macerar
    la carne de la mosca.
    El amor es lo que estos niños felices desconocen.
    Lo contrario del amor es una realidad olvidada
    en lo más amoroso de nosotros mismos.
    Limpio mis uñas y mi rabo en la huella que dejan los que aman.
    Estoy tan solo, que cualquiera diría que regresaré
    a roer las entrañas de los animales domésticos
    de la casa de fieras de tu alma.
    Pero no.
    No regresará nunca.
    Desde mi madriguera veo cómo el sol descubre los cristales de la tierra y como un pequeño de cabellera oscura le arranca los ojos a un gorrión.

  • APONTAMENTO

    Estoy en una pensión de Lisboa
    recordando Tabaquería.
    Anuncios luminosos respiran
    en las almenas de un castillo.
    Por el recuadro de la ventana
    el sol nocturno se desdobla
    para bruñir el gobelino todo silencio.
    Por el recuadro de lo pensado
    las estatuas verdosas
    sueltan puños de sal en ojos de turista.
    Al fondo, sin recuadro,
    monstruos creados por viejos navegantes
    pasan desflorando leyendas hacia el Barrio Alto.
    En el ventanal de mis oídos,
    el escape de los esclavos
    rumbo al cuartel de esclavos,
    el concierto de los mudos contra el aire
    y en la calle poblada como axila,
    el domingo que anuncia un exceso de producción
    en la obra del cadáver
    más requerido por España.
    Lisboa lisiada, nado en tu fado.
    Tanto tiempo inventándote
    para que naufragaras en la playa
    donde la ausencia emerge.
    Pessoa Fernando, tanto sueño buscándote
    para encontrarte al fin en cada esquina
    con tu cirrosis de dos pisos,
    el diario en cabestrillo
    y los ojos vueltos con tristeza
    hacia donde dos marineros
    se orinan entre sí.

  • GRITAR ES COSA DE MUDOS

    Carajo, esto es el acabóse.
    Aunque ignoro si sea el momento exacto
    —uno nunca sabe
    cuando cerrar la boca o cuando unas palabras
    nacerán en la frente— pero a dar curso vengo
    a lodo lo que se está ahogando dentro y fuera de mí:
    las escamas infantiles,
    el sabor de miseria,
    la impasible visión de los espejos.
    Bajo el viento abro el tercer postigo.
    Veo cómo las hojas se espuman y se esfuman;
    veo caballos del alba pasar a tumbos
    sobre el lomo del río;
    niños sin frazadas; árboles huecos
    que cayeron del cielo;
    gritos hundidos dentro de sí mismos: los veo ser
    descubiertos
    por luciérnagas y alertados por un perro de aguas
    que conoce años ha la suerte de los náufragos.
    ¿Y?
    Ahora yo, oteando tu cadáver a última hora
    vestido con ropa limpia, oigo el triste silbato
    que me obliga a bajar apresuradamente de la cubierta
    para oler el aceite que le untaron en las orejas.
    En tu garganta hay címbalos,
    peces que no conocían la superficie del mar.
    Y ahora yo el desterrado lluevo sobre los cirios,
    doy vueltas y vueltas a tu cuerpo sin sangre
    y me detengo.
    Como si entrara a una librería desconocida
    hojeo tus párpados en busca de la última palabra
    cuyo significado te dolía.
    ¿Quién se cortó la lengua ante el espejo?
    ¿Quién no desea comprar una sombrilla
    si ya han anunciado la tormenta de mierda?
    Sin responder a los crespones
    que la nostalgia anuda a mis zapatos
    y que cada mañana que se pudre veo,
    voy al encuentro del viejo español que hace estallar
    el iris de las niñas cuando tose o habla.
    Mis huesos, sin otra cosa que calor,
    se van agazapando en las esquinas.
    Mis cabellos cuelgan de la levadura
    de los árboles, mis duelos se nutren en el plato
    del vagabundo y llego ante él sin vísceras
    Con el pellejo temblando como gelatina
    me empotra en la pared: lo escucho.
    Sólo su nombre retuerce mi ocio y me reanima.
    Pero yo, siempre yo por debajo de todo,
    sigo pensando que gritar es cosa de mudos
    y que escuchar es intercambiar ecos
    con barcos fantasmas o con muertos
    que han perdido la esperanza de vengarse.

  • EL POETA QUE TOCÃ LA FLAUTA

    bajo el sol estridente de la zona arqueológica
    la encontró aferrada a la tierra
    su forma la de una damatigre en forma de flauta
    con la boca y los poros abiertos
    más tarde auxiliado por dedos tambaleantes
    le borró sus edades de polvo y los recuerdos
    de millares de labios amorosos
    en el lugar común que es la pirámide
    se hicieron pelotas con la muerte
    sacrificaron catedrales rellenaron de oro
    las doncellas hurgaron el silencio de los yelmos
    con el aire cero de la tumba siete
    levantó el miriñaque inexistente
    y sopló entre sus muslos por vez primera:
    surgieron largas moscas enjoyadas
    salió música torpe añosa decisiva clara
    redonda helada y azulosa bella como ella sola
    ni ratas ni muchachos ni dioses lo siguieron
    pero el encuentro a tiempo con lo bello
    o el efecto tardío de la marihuana
    le hicieron resbalar en medio de la gran escalinata

  • PAGINA EN TU NOMBRE

    Tu nombre se puede morder como manzana.

    Huele a mango de Manila y a naranja china.

    Me deja la lengua morada al igual que el chagalapolin y la

    escobilla.

    Lo trituro y respiro hierbabuena.

    Al separarlo estalla una granada.

    Crece a la altura de la flor de caña, es la enredadera que

    sube por la cerca o se extiende a ras de patio, perseguidor

    de coralillos, sandía y verdolagas.

    Si lo agito, escucho el agua que lo llena.

    Si se lo doy al loco de la casa, volará a la punta del cerro

    y lo hará flauta.

    Para librarme de la oscuridad lo conservo en un frasco.

    Con la luz que despide se ilumina esta página.

  • HASTA QUE EL VERSO QUEDE

    Quitar la carne, toda,

    hasta que el verso quede

    con la sonora oscuridad del hueso.

    Y al hueso desbastarlo, pulirlo, aguzarlo

    hasta que se convierta en aguja tan fina,

    que atraviese la lengua sin dolencia

    aunque la sangre obstruya la garganta.

  • LABNA

    el canto
    de los grillos
    es agua
    entre las piedras
    las golondrinas
    anidan
    en el aire
    labná
    es una mariposa
    en ruinas

  • Gota

    Una gota de anís
    resbala por tus muslos
    con la indiferencia
    de un barco que se aleja.

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